El médico tenía que ponerle a la anciana una bolsa de drenaje en el trasero. Pero lo que ella le dijo lo dejó sin palabras

Marco Deplano es urólogo y trabaja en un hospital en Cerdeña, Italia. Aunque es un hombre joven, su trabajo lo ha convertido en un hombre con mucha experiencia en cosas de la vida. Algunos casos que atiende no tienen un final feliz, solo dolor y más dolor. 

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Pubblicato da Marco Deplano su Venerdì 25 novembre 2016

Un día en su pabellón, tuvo un encuentro con una anciana que nunca olvidará. Quería compartirlo con el mundo, así que publicó un relato en Facebook que muy pronto se hizo viral. Cuando lo leas, vas a entender el porqué... 

Esto es lo que escribió:

"Hoy recibí una llamada para dar una consulta en otra ala del hospital. Lo normal... Se trataba de una paciente con cáncer terminal e insuficiencia renal debido a una obstrucción ureteral. La mujer que conocí tenía entre los 70 y los 80 años, su pelo era de color naranja zanahoria y tenía las uñas impecablemente pintadas con barniz rosa. 

-Buenos días, señora.
-Buenos días, doctor. 

Miré su expediente, le hice una revisión física y repetí el ultrasonido.

-Señora, sus riñones tienen dificultades para eliminar la orina de forma natural, así que necesito insertarle una sonda, una especie de válvula que evite los obstáculos. Así que va a hacer pis por dos tubos conectados a dos bolsas...
-Perdone, doctor. ¿Eso significa que voy a tener otro bulto por detrás también?

(Ya tenía una sonda del colón conectada a una bolsa que colgaba por la parte de adelante)

-Sí, señora.

Hubo un largo silencio que parecía interminable. Pero finalmente, me miró con una sonrisa.

-Disculpe, ¿cómo se llama?
-Deplano.
-Su nombre, no su apellido.
-Marco.
-Marco… qué bonito nombre. ¿Tiene usted un momento? 
-Claro que sí, señora.
-Sabe. Soy una mujer muerta. ¿Me entiende?
-No. Lo siento. No la entiendo
-Morí hace 15 años. Cuando mi hijo de 33 años tuvo un infarto y falleció. Ese día yo también morí yo.
-Lo lamento muchísimo.
-Morí entonces, junto con él. Y después me volví a morir hace diez años cuando me diagnosticaron esta enfermedad. Pero ahora no tengo que seguir fingiendo. Mis hijos se encuentran bien, al igual que mis nietos. Quiero reunirme con él. ¿Qué caso tiene vivir un par de días más con estas bolsas, con tanto esfuerzo y sufrimiento, tanto para mí como para mis seres queridos? Tengo dignidad. ¿Se ofendería si me niego a hacer cualquier cosa? Estoy cansada. Ya me he puesto en manos de Dios. Dígame la verdad, ¿voy a sufrir?
-No, señora. usted puede hacer lo que quiera. Pero hay que ponerle estas dos bolsas...
-Marco, dije que no. Es mi vida. Lo tengo decidido. Si quiere hacer algo, interrumpa la transfusión. Después puedo ir a casa y comer helado con mi nieto.

Todas las palabras que dijo me dejaron sin argumentos, como si le quitara los pétalos a una flor. Me olvidé de mi agotamiento, mi enfado y mi frustración, de todo. Me olvidé de mis años de estudio, de las miles de páginas que había leído, de las reglas, de los hechos. Me sentí desnudo e indefenso frente a tanta sinceridad, frente a tal consciencia de la muerte. Me di la vuelta para escribir en el expediente y para que la enfermera no pudiera ver las lágrimas de mis ojos. Estaba tan afectado. Todos los que me conocen saben que no suelo tener ese tipo de reacciones.

-Marco, ¿esto le conmueve? 
-Sí, un poco, señora. Lo siento.
-No. Está bien. Gracias. Me hace sentir importante. Escuche. Por favor, haga otra cosa más por mí. Si mis hijos vienen y le pegan de gritos, llámeme. Les diré que se callen. ¿Escriba que estoy bien, de acuerdo?
-Sí, señora.
-Marco, ¿le puedo pedir algo más?
-¡Claro que sí!
-Eres especial. Sé que vas a llegar muy lejos. Deme un beso, como si fuera mi hijo, ¿le parece bien?
- Sí, está bien.
- Rezaré por usted y por mi hijo. Espero verlo de nuevo. 
- Yo también. Gracias, señora. 

En ese momento, ella era la persona más hermosa del mundo: radiante, segura, madre, abuela..., puro amor.

Con esas simples palabras, me dio la lección más grande de mi vida. La muerte es la parte final de la vida. No es necesario temer, sentirse ansioso o ser egoísta. Estas son las cosas que los años de estudio no te enseñan. Me sentí tan pequeño frente a toda esa magnitud.

El sufrimiento es parte del amor, une a las personas a veces más que el mismo amor. Y muchas veces, una palabra amable es una cura más poderosa que el medicamento más moderno. Independientemente de tus creencias, disfruta del viaje".

¡Marco fue muy generoso al compartir ese momento y todo lo que aprendió de él! Las experiencias más duras pueden ser las más hermosas.

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